Volvían de hacer “culipatín” en la nieve y se toparon con la tragedia: la historia de la bailarina que acaba de volver a caminar

Era domingo, el último día del viaje. Priscila y sus compañeras de la escuela de baile ya habían hecho su muestra de danzas y habían planificado despedirse de Mendoza con una excursión. La nieve estaba radiante cuando llegaron a Las Leñas para hacer “culipatín”.

La escena de alegría en la nieve, sin embargo, fue el preludio del peor drama de sus vidas: un rato después, Priscila estaba tendida en la ruta 144. Las ruedas traseras del micro le aplastaban las piernas.

Priscila Alaniz tenía 13 años y era bailarina desde los 6. Había empezado primer grado junto con Merengue y, durante los años que siguieron, había aprendido danza jazz, reggaetón, danzas árabes y urbanas. Su plan era ser bailarina profesional, por eso entrenaba de lunes a sábados, casi 30 horas por semana.

Bailar siempre había sido su forma de desplazarse por esta misma casa, en Grand Bourg, donde ahora conversa con Infobae. En su habitación siguen estando los trofeos de cada competencia que ganó, las fotos con sus amigas, pero en la puerta de calle ahora hay un elevador que la ayuda a subir las escaleras.

En el micro viajaban 56 personas, entre bailarines, docentes y madres que fueron de acompañantes. Eran muchos pero Priscila era pre adolescente y tenía su grupito.

—Éramos cinco. Nos llamábamos ‘Las crazies“, de locas. De las cinco fallecieron tres.

Las últimas fotos que se sacó en Las Leñas, unas horas antes del accidente
Las últimas fotos que se sacó en Las Leñas, unas horas antes del accidente

Ese domingo 25 de junio de 2017 hicieron “culipatín” durante dos horas. Después, tomaron un colectivo que los dejó en donde los esperaba el micro que los traería de regreso a Buenos Aires.

“Yo iba del lado de la ventana, a la izquierda. Iba cabeza con cabeza con una de mis amigas”, cuenta Priscila. “Estaba entredormida pero escuché a las mamás gritarle al chofer que estaba yendo muy rápido. Ahí levanté la vista y vi que las montañas estaban demasiado cerca. En ese momento se escuchó la explosión de los vidrios y yo salí despedida. Aparecí del otro lado del micro, abajo de las ruedas traseras”.

Así quedó el micro en el que viajaban (Foto NA)
Así quedó el micro en el que viajaban (Foto NA)

El micro iba demasiado rápido en una zona de curvas y contracurvas conocida como Cuesta de los Terneros, mordió la montaña y volcó sobre la ruta 144. Producto de la negligencia, murieron cinco madres y nueve chicas de la escuela de danzas Soul Dance Studio, de Grand Bourg. La amiga que iba sentada al lado de Priscila es una de ellas.

También murió el chofer y hubo 21 personas heridas de gravedad, como Priscila. “Abrí los ojos en el asfalto y era todo muy feo. Estaba boca arriba, la rueda me aplastaba de la panza para abajo. Escuchaba los gritos de las mamás que buscaban a sus hijas. Alguien me tiró de las axilas pero no pudieron sacarme”.

“Nunca me voy a olvidar: había personas que paraban y, en vez de ayudar, se ponían a filmar”, dice. A Priscila la liberaron dos turistas que estaban tomando mate en la montaña. “Yo sólo quería a mi mamá”, recuerda ella.

A su lado, Maga, su mamá, respira hondo cuando la escucha: estaba en esta misma casa, a 1.100 kilómetros de su única hija, cuando le avisaron lo que había pasado.

Carlos Alaniz, el papá, tardó 9 horas en llegar a Mendoza. En el camino supo que su hija estaba viva y allá se enteró de que tenía fracturas expuestas de tibia y peroné en ambas piernas. Alguien, además, le dio un pronóstico que lo hizo llorar: “Se le cortó la médula de raíz, no va a caminar más”.

La foto que se sacó un día antes del accidente, en un viñedo de Mendoza
La foto que se sacó un día antes del accidente, en un viñedo de Mendoza

Priscila se dio cuenta enseguida de que algo pasaba con sus piernas: su compañera, en la cama de al lado, lloraba de dolor cuando le cambiaban las vendas. “Yo no, no sentía nada. También me di cuenta porque vi a mi papá llorar y él nunca lloraba”.

La trajeron en avión al Hospital Garrahan, en el mismo vuelo en el que trajeron a los padres de una bailarina que había muerto. El primer diagnóstico fue claro: Priscila estaba parapléjica.

Recién ahí se animaron a contarle lo que había pasado con sus amigas. Recién ahí la traumatóloga se animó a decirle lo que podía pasar con ella:

—Me dijo que no iba a volver a ser la de antes. Me costó mucho entender lo que me estaba diciendo.

—¿Y qué te estaba diciendo?

—Que no iba a volver a bailar. Ni siquiera a caminar.

Priscila durante el viaje anterior a Mendoza, en 2016.
Priscila durante el viaje anterior a Mendoza, en 2016.

Una buena noticia en medio del pantano
Entró a quirófano 24 veces. Entre todas, hubo una cirugía de columna que duró 12 horas y demandó ocho transfusiones de sangre. Lo importante fue la noticia que les dieron: había una fisura en la membrana pero la médula no se había cortado.

El pronóstico, sin embargo, no cambió demasiado, al menos en los oídos de alguien inexperto: de “paraplejia”, pasó a “paraplejia flácida”.

Su cuarto, las fotos con sus amigas, todos los trofeos que ganó bailando (Nicolás Aboaf)
Su cuarto, las fotos con sus amigas, todos los trofeos que ganó bailando (Nicolás Aboaf)

“La psicóloga nos dijo: ‘Hay que prepararla porque va a quedar en silla de ruedas y va a tener que usar pañales el resto de su vida, por el aplastamiento de la vejiga que tuvo. La jefa de pediatras también me dijo que quedaba paralítica”, cuenta su mamá.

Así fue el primer año, con pañales, sondas de drenaje y silla de ruedas. Priscila tenía crisis de llanto, de furia y, por la medicación y por estar quieta, subió mucho de peso. Pero el año pasado, en silla de ruedas, pudo volver al colegio.

La llegada de Francisco, un hermanito que siempre había deseado, devolvió algo de calidez al hogar. Seguía en silla de ruedas cuando aceptó la propuesta de sus padres: festejar con vestido corto y zapatillas con brillos su cumpleaños de 15.

En la llegada a su fiesta de 15, en noviembre del año pasado. Todavía estaba en silla de ruedas.
En la llegada a su fiesta de 15, en noviembre del año pasado. Todavía estaba en silla de ruedas.

“Fue un nuevo nacimiento, literal”, dice su mamá a Infobae. Y es que, con ayuda de la kinesiología, lo primero que su hija logró fue gatear. La disciplina que había aprendido durante su entrenamiento como bailarina la ayudó a avanzar.  Play

“Antes del accidente, cuando no me salía un ejercicio o un salto, me enojaba, lloraba, decía que no podía. Pero al día siguiente la luchaba para que me saliera algo nuevo, hasta que me salía. Así es ahora también”, dice Priscila. Le faltan al menos dos años de rehabilitación pero superó su cuadro clínico inicial: hace poco logró pararse. Ahora va al colegio caminando con ayuda de un andador.

En su habitación, donde conserva los trofeos que ganó cuando era bailarina (Nicolás Aboaf)
En su habitación, donde conserva los trofeos que ganó cuando era bailarina (Nicolás Aboaf)

“Creo que lo más doloroso ya pasó, fue cuando estuve ahí abajo de la rueda. Sigue siendo muy difícil cada día. A veces me enojo, lloro, pero en el fondo sé que puedo seguir progresando“, se despide. Ya no piensa en un futuro ambicioso sino en cómo volver a empezar hoy, desde el primer casillero.

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